viernes, 13 de agosto de 2010

Quisqueya la Negra . . .

QUISQUEYA LA NEGRA

La realidad que le toca vivir a este pedacito del Caribe se entierra cada vez más en el olvido de su esencia misma, pues es Quisqueya La Madre del Nuevo Mundo. Aquí pare La Negra teñida de sangre su primer afro-quisqueyano. De Negro, Mulato a Mestizo se va internando en el tiempo lustrando su piel y su lengua de ritos y de dioses crucificados. Puliéndose mientras pierde su identidad y gana su libertad, levantando su mirada al recordar su humanidad.
El Hijo de La Negra cree en sus antepasados y vive en el presente a costa de su sudor que construye la nueva cara de una ciudad hostil. El se conforma a veces con ser parte del subsuelo que ahoya a fuerza de pico y pala dejando más que su huella, su innegable derecho a existir. Tatuado va del Sol de medio día mientras sus hijos son arrendados al mejor postor. Su Jerga es su estigma pues su acento nos habla de un origen desconocido lleno de tabúes y miedos, de leyendas, de traumas sociales.
Pero nadie se pregunta cuando y donde nació el primer afro-quisqueyano, cual fue su nombre, que habrá sido de el y su descendencia. La necesidad de encontrar a Quisqueya La Negra nos lleva a explorar paso a paso el desarrollo en paralelo de su tecnología. Ritual, altar, trapiche, arado, todo avanza de manera abrupta sin regla ni orden especifico creando así el nacimiento de su encanto y de su horror.



La voz de un santero salpica el licor que ha de ofrecer a la ceremonia del nacimiento de El Isa Beth. Dicho con un gran vocablo creole bañado en humo de un tabaco que agarra en su mano mientras mira al espectador tan fijamente como su trance se lo permite. Sus ojos en el olvido de la entrega rojos como el fuego que precede a esta ceremonia nos indica que nos adentramos a lo desconocido y así lo aceptamos pues necesitamos saber el origen de La Negra, del misterio que encierra su nacimiento. Del terror que sufrió al parir un nuevo mundo.
La lista de preguntas ha sido memorizada desde antes de salir de la capital rumbo al batey. La adrenalina comienza a bombear mientras el alcohol brindado a pico de botella por el orisha comienza a calentar el cuerpo con una rapidez asombrosa. “Son los seres” se oye decir a uno del grupo, mientras me concentro cada vez mas en el movimiento de las manos del auspiciador. “Estamos aquí por La Negra” dice alguien mas, a lo que vienen a mi recuerdos de Kali. Otro resople de parte del “chaman” de tierra adentro y el fuego habla en su lenguaje. Imágenes de periódicos mostrando casuchas siendo incendiadas pertenecientes a Haitianos por parte de Dominicanos, vienen a mi mente. “La identidad de La Negra” pienso para mi, mientras de manera inesperada comienzan a brotar lagrimas de mis ojos. Cierro los ojos mientras otro trago del ¨lava gallo¨ baja por mi garganta como parte del ritual al que me adentro, al que me entrego. A todo esto, la intensidad de los tambores no ha cesado ni un segundo desde el inicio del festín al estilo afro-antillano. “Afro-antillano” retumba en mi cabeza como si algo me hablase desde todas partes. Pero mi piel es blanca, pienso. Llevo la maldición del opresor en mí piel y en aquel momento se intensifican las lágrimas como quien maldice su nacimiento. Rabia, angustia, culpa, desesperación de no querer llevar este color, pues entiendo que soy el único ¨blanquito¨ presente entre negro, mulatos y mestizos. No se que tan adentro estoy en el trance, solo se que ya he quedado hecho mierda entre lagrimas y moco y comprendo en aquel entonces que de algún modo pedía pendón en nombre de mi ascendencia. Pedía misericordia a La Negra por cualquier ofensa causada de parte de mi estirpe hacia los suyos. Todo esto ocurre en mi cabeza mientras mi cuerpo tiembla y mis gemidos sollozan en balbuceos que escucho como quien escucha desde la distancia. De pronto y sin saber porque abro los ojos y veo al santero que me mira fijamente sin decir una palabra solo me mira. “El Isha Beth” me dice mientras deja salir lagrimas y comienza también a sollozar. Se nota en su rostro cierta ternura y me asombro de ver transfigurarse aquel rostro de hombre tosco y de barba blanca sobre una piel negra como la noche, en la expresión misma de un niño manso y gentil al compás de una sonrisa sollozada entre lágrimas.
De pronto cambia la mirada y se concentra en lo que estaba haciendo previamente y sigue recitando en creole mientras otro resople del alcohol aviva el fuego.
En este instante me siento tan ligero que cuando me pasan nuevamente la botella no la siento entre mis manos solo la observo por un rato y luego la paso al que esta a mi lado sin darme un sorbo. Solo me muevo al retumbe de los tambores. Solo escucho sin entender palabra alguna lo que le dice a una doña que esta al otro lado del circulo. No le veo la cara pues el fuego se interpone pero se bien que es la doña que viste de blanco.


Me calmo un poco y siento como ya el corazón no me late tan fuerte. Es entonces cuando comprendo que algo ha sucedido y que de algún modo la razón que me trajo hasta aquí en busca de una respuesta a mi plegaria por encontrar el origen de nuestro negro legado, ha sido consumada en un nombre dicho de una forma que jamás había escuchado… El Isha Beth.
Esa noche cuando llegue a casa, aun era preso de cierta tensión. Recurrí al antiguo método de relajación Shivaita y encendí un leño mientras encendía la comp. Y al compás de ¨Entheogenic ( Aranyanyara )¨ deje correr los dedos sobre el teclado. Como resultado, estas palabras se han abierto camino como preludio de una sinfonía que retumba una y otra vez dentro de mí sin poder hacer nada para escapar de su hechizo, de su conjuro. A estas alturas, no se si soy preso de algún efecto secundario, o de algún no se que pos traumático, como dicen los sicólogos. Lo cierto es que esto ya late en mi sangre a modo torrente de redención y debo saber como termina (o mejor dicho) como comienza todo esto.

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